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Extraño cantar

Praxda Zohara, escritora y melómana de Panamá
2021/01/12 @8:22 (Hora Tica)
Nada ha cambiado dramáticamente en la vida de Rubén durante la pandemia. Puede que trabajar desde casa en un ordenador no sea lo mismo que atender reclamos de tarjetahabientes en un banco, pero sigue teniendo un horario y un sustento; en persona, podía calmar a los clientes con una sonrisa serena. Ahora le correspondía atender las mismas situaciones usando su voz o por mensajes de texto, para luego entender, tristemente, que los seres humanos somos más fríos cuando no interactuamos en persona y no nos miramos a los ojos. Con casi cuarenta años, Rubén se siente de veinticinco: a pesar de las medidas de restricción, entrena a diario, se permite un día de la semana para ver una película y conversar en videollamada con sus padres. Su preocupación por ambos es palpable, pero se mantienen en temas agradables. Se despide de ellos y se dedica el resto de la noche a su verdadera persona: conecta sus audífonos, abraza su guitarra eléctrica y se entrega a la música. Es cantautor, o como prefiere responder cuando le preguntan su profesión: “soy músico y en mis ratos libres trabajo en un banco”. Dos verbos diferentes, ser y estar. Se está donde hay obligaciones, mas no por eso se dedica con menos respeto a su labor: entiende la importancia de su trabajo en medio de la crisis. “Quedan suspendidos todos los eventos en lugares cerrados, conciertos, presentaciones musicales y demás actividades no esenciales”; anunciaba consternado el ministro de salud durante un comunicado al país. Dejando a un lado la justificada preocupación de las autoridades, esa frase abría una profunda herida en Rubén, no obstante, se mantuvo animado. Las semanas se volvieron meses, la tarima se mudó a las redes sociales. En los conciertos virtuales, el público escribía sus mensajes de apoyo y presionaba los íconos de corazones mientras las canciones sonaban. Al inicio, dudó en hacer transmisiones, pero la presión era inmensa. Sin discos que vender ni material nuevo que lanzar, Rubén sentía una agobiante inquietud al despertar y ubicarse frente al ordenador para atender a los clientes: los viernes antes de la pandemia, vigilaba el reloj, terminaba sus asignaciones y sacaba la guitarra escondida en su funda bajo el escritorio, se cambiaba de camisa y salía volando a encontrarse con una pequeña concurrencia, para deleitarlos con sus canciones y compartir con sus músicos. Ahora, cerraba sesión, apagaba el equipo y escuchaba las noticias en la radio, procesando como el resto, la angustia diaria y la fatiga de esperar por el regreso a la normalidad. En las presentaciones virtuales, todo era en principio agradable; veía los nombres de sus seguidores y los iconitos de saludos; le pedían sus canciones por nombre, nada de música de otros artistas. Había subestimado el interés de las personas; estaba emocionado, aunque no se sentía a gusto. Entregaba su música al público, pero el público no estaba. No había una multitud de ojos sobre él, mirándolo vibrar con su guitarra, faltaba el suave cabeceo rítmico que seguía el ritmo de la percusión, no había fotos con los asistentes y sobre todo, faltaba el aplauso. El músico se alimenta de la energía que el público le devuelve; por más que disfrute interpretar sus canciones en solitario, no hay mejor sonido que el clamor y emoción de los que sienten la caricia de los acordes, viendo cómo la música atraviesa sus cuerpos, creando reacciones impredecibles. La camaradería entre la banda, la pulsación del sonido a su alrededor, recargando sus pilas para tocar más canciones y manejar cual titiritero a la concurrencia, haciéndolos batir palmas o agitar los brazos. Esa comunión solo ocurre en vivo. Rubén recordó las palabras del comunicado: actividades no esenciales. Su trabajo de diario toleraba el distanciamiento, pero su persona artística no existía sin el público. No por algún deseo de vanagloria y aprobación, sino porque el escenario es el lugar donde se somete a prueba la música. Ahí frente al gran jurado se sabe cuál es la canción que conmueve, cuál hace que todos canten el coro y cuál no despierta tanto entusiasmo. El público se traslada hasta ese lugar para escuchar al artista, esa presión motiva a entregarlo todo. Era viernes y estaba agotado del trabajo. Rubén decidió no transmitir nada esa noche; tomó su teléfono y se conectó a la transmisión en vivo de uno de sus amigos cantautores. En la esquina derecha, un número fluctuante. Abajo, comentarios con íconos de corazones y aplausos. La conexión se interrumpió y todo quedó en silencio. Rubén miraba con tristeza la imagen congelada de su amigo en la pantalla y pensó en escribirle al día siguiente. Deslizó la pantalla hacia la izquierda y observó diez segundos de cada transmisión en vivo, no sin antes dejar un comentario. Es extraño cantar para una pantalla.
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